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Coloso

El Coloso de Rodas fue una gigantesca estatua del dios Helios erigida en la isla de Rodas, Grecia, en el siglo III adC por el escultor Cares de Lindos. Su tamaño era aproximadamente el de la moderna Estatua de la Libertad, ubicada en Nueva York, aunque descansaba sobre una plataforma menos elevada. Fue una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.


Coloso

En el año 305 adC, Rodas, que en las luchas de los Diadocos se había alineado con Ptolomeo I, fue invadida por un poderoso ejército dirigido por Demetrio Poliorcetes, hijo de Antígono I Monophtalmos. Para apoderarse de la ciudad, Demetrio debió iniciar la construcción de varias torres de asedio con el fin de asaltar las murallas. La primera de estas torres estaba montada en seis barcos, pero naufragaron en una tormenta antes de ser utilizados. Demetrio volvió a intentarlo con otra torre aún mayor, con base en tierra y denominada Helepolis, pero los defensores rodios repelieron el ataque inundando el terreno ante los muros para que la torre no pudiera desplazarse. En el año 304 adC, una flota enviada por Ptolomeo I, aliado de Rodas, hizo huir precipitadamente a Demetrio, quien abandonó la mayor parte de su armamento de asedio. A pesar de su fracaso frente a los muros de Rodas, Demetrio obtuvo el sobrenombre de Poliorcetes, "conquistador de ciudades" por sus éxitos militares.

Coloso

Para celebrar su victoria, los rodios decidieron erigir una estatua gigantesca al dios Helios, protector de la ciudad. Su construcción fue encargada a Cares, nativo de la isla, que ya antes había realizado estatuas de gran tamaño. Su maestro, el célebre Lisipo, había esculpido una estatua de Zeus de 12 metros de altura.

Coloso

Con esta obra llegaron a ser cinco las maravillas del mundo que se encontraban en la faz de la tierra al mismo tiempo. Pero este número nunca fue superado, sino que al contrario, fue decayendo. 56 años después de su construcción, en el año 223 adC un terremoto derribó la colosal obra, pero los habitantes de Rodas decidieron dejar sus restos en el mismo lugar donde cayeron por seguir el designio de un oráculo. Y así ocurrió durante novecientos años aproximadamente, hasta que en el año 654 dC los musulmanes se apoderaron del bronce como botín en una de sus incursiones.

Coloso

Desde el 292 a.C. y durante doce años, los arquitectos Chares de Lindos y Laches dirigieron las obras de construcción de una gran estatua a la entrada del puerto de Rodas. El primero de ellos terminó suicidándose bajo la presión que le suponía no estar seguro de poder lograr la estabilidad de la estatua.

Coloso

Hecha con placas de bronce sobre un armazón de hierro, la estatua representaba al dios griego del sol, Helios, con una altura de 32 metros y un peso de unas setenta toneladas. No se sabe con certeza que cada uno de los pies se situara a un lado de la entrada del puerto, obligando a todos los barcos a pasar por debajo suyo.




LAS OTRAS 6 MARAVILLAS DEL MUNDO ANTIGUO

Los historiadores griegos y romanos determinaron los siete monumentos más representativos de la antig黣dad en una lista de maravillas que ha pasado a la historia.

Herodoto fue el primero en mencionar esta idea, hacia el siglo V a.C., y en el incendio de la Biblioteca de Alejandría ardió un volumen que Calímaco de Cyrene dedicó al tema en el siglo III a.C.
Sin embargo, nunca llegó a haber más de cinco maravillas de forma simultánea, y es que la enumeración definitiva data de la Edad Media, cuando se recopilaron los recuerdos sobre aquellos monumentos, ya casi todos perdidos.

Curiosamente, la mayor parte de estos monumentos tuvieron una vida relativamente corta y fueron presa fácil y reiterada de vándalos, gamberros e invasores. Por ello, al pasar revista a la capacidad del ser humano de crear hermosos lugares, es también obligado reflexionar sobre su aún mayor capacidad para la destrucción irracional.

Quedan aún sobre la Tierra muchas maravillas, de la antig黣dad y de la modernidad, que no se localizaron en el mundo conocido por los romanos y los griegos o que fueron posteriores a ellos. Cabe preguntarse si queremos que en el futuro se nos recuerde como ahora podemos pensar en aquellos salvajes destructores.

La pirámide de Keops, la más antigua de todas, es la única de las legendarias Siete Maravillas que se conserva en la actualidad, y con su magnificencia corrobora la importancia que un monumento debía tener para pertenecer a esta lista.



LA ESTATUA DE ZEUS OL蚆PICO

Zeus

Olimpia no era exactamente una ciudad, sino un conjunto de templos y monumentos erigidos con motivo de los juegos olímpicos. Estos juegos fueron entre el 668 a.C. y el 393 d.C. la fiesta nacional más importante en Grecia. Y de todos estos templos el más hermoso era el de Zeus, más tarde Júpiter para los romanos.

La construcción del templo se estaba terminando el 450 a.C., contando en sus frontones y metopas con grupos escultóricos de tal calidad que se consideraron la mejor representación del arte griego en su época. Pero es en el interior del templo donde se encuentra la gran estatua de doce metros de altura que durante todo un año Fidias había creado para representar al dios. El cuerpo estaba tallado en marfil y las ropas y joyas eran de oro. A sus pies se coronaba a los vencedores tratándolos como a auténticos héroes.

Según la leyenda, cuando Fidias terminó su obra pidió al dios una señal de su conformidad con el trabajo realizado, y entonces del cielo despejado llegó un rayo hasta los pies del escultor. Fanáticos cristianos incendiarán el templo durante el reinado de Teodosio II, y los terremotos del siglo VI d.C. lo abatirán haciendo desaparecer la estatua.



EL TEMPLO DE ARTEMISA

Artemisa

Artemisa era la diosa griega de la fertilidad, que los romanos llamaron Diana. Desde tiempos inmemoriales era adorada en un templo situado en Efeso, cerca de la actual aldea turca de Aia Soluk. El intento de invasión de los cimerios en el siglo VII a.C. tuvo entre otros el resultado del incendio del templo. Creso, rey de Lidia e inventor de las monedas decidió reconstruirlo y abrió una suscripción pública, a la que todos los ciudadanos aportaron algo. El resultado fue magnífico.

Dos siglos después, en el 356 a.C. un mendigo loco ávido de notoriedad llamado Eróstrato incendió el edificio que fue consumido por las llamas sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Veinte años después, y utilizando los mismos planos, Alejandro Magno lo hizo reconstruir gracias a la coincidencia de que había sido incendiado el mismo día de su nacimiento. Fue terminado en el 323 a.C., pero ya nunca recuperó su antiguo esplendor.

Plinio lo describió con ciento veintisiete columnas jónicas de una altura de 18 metros, 36 de ellas ornamentadas, que rodeaban la sala donde se situaba la estatua de la diosa. Medía 123 metros de largo y 67 de ancho. Entre los años 260 y 268 d.C. los saqueos de los godos destruyeron gran parte del monumento. El ingeniero inglés J.T.Wood descubrió los restos demostrando la veracidad de la descripción de Plinio y que había sido puesta en entredicho durante siglos.



LOS JARDINES COLGANTES DE SEMIRAMIS

Semiramis

Hacia el año 600 a.C., Nabucodonosor II, rey de Caldea, quiso hacer a su esposa Amytis, hija del rey de los medos, un regalo que demostrara su amor por ella y le recordara las montañas de su tierra, tan diferentes de las llanuras de Babilonia.

Sobre una superficie de 19.600 metros se construyeron una serie de terrazas de piedra sostenidas por amplios arcos de seis metros de longitud hasta alcanzar una altura total de noventa. Estaban situados junto al palacio del rey, hacia el lado que daba al río para que pudieran contemplarlo los viajeros que tenían prohibido el acceso. Sobre la más alta de las terrazas se situaba un depósito de agua desde el que se nutría un genial sistema de irrigación.

Esta constante humedad y el calor característico de la zona hacían que el jardín estuviera permanentemente en flor. Arboles, plantas y flores de todo el mundo constituían un oasis de color. Bajo las arcadas se construyeron amplios aposentos con una rica decoración donde los soberanos podían reposar durante sus visitas a los jardines. Flavio Josefo, escritor judío que vivió en el primer siglo de nuestra era dejó constancia del aspecto histórico: "Nabucodonosor ordenó levantar cerca de su palacio elevaciones de piedra, darles la forma de montaña y plantarlas con toda clase de árboles. Por deseo de su mujer instaló además un jardín como los había en la patria de ella."



LA PIR罬IDE DE KHEOPS

Kheops

En el 2640 a.C., el faraón de la cuarta dinastía llamado Keops ordenó la erección de una tumba tan alta y majestuosa que ocultara la luz del sol. Cien mil esclavos negros, hebreos y barbariscos fueron utilizados en la obra a lo largo de veinte años. Fue necesario utilizar dos millones trescientos mil bloques calcáreos de dos toneladas y media de peso cada uno, que fueron colocados uno sobre otro hasta alcanzar los 147 metros de altura.

Durante los veinte años que duraron las obras, Egipto sufrió privaciones y miserias, se impuso el pago de fuertes impuestos y la reducción de las ceremonias religiosas. Incluso se ordenó a los hombres libres ayudar a los esclavos.

Muchos esclavos murieron por las fatigas y el trato de los guardianes, y el resto fue sacrificado una vez terminado el trabajo para evitar que los ladrones de tumbas tuvieran más fácil descubrir la entrada a la pirámide. La erosión del viento a lo largo de estos cuatro mil seiscientos años ha reducido su altura en casi diez metros.



LA TUMBA DE MAUSOLO

Mausolo

En Halicarnaso, capital de Caria, murió el rey Mausolo después de un reinado tranquilo y feliz que llevó a su pueblo al esplendor y la prosperidad. Corría el año 353 a.C., y su esposa Artemisa decidió construir una tumba que hiciera inolvidable al rey perdido. Dirigidos por los arquitectos Sátiros y Piteos, a los esclavos se unieron hombres libres que quisieron rendir un homenaje al rey, y las obras eran frecuentemente visitadas por Artemisa. El dolor por su pérdida la volvía cada vez más frágil y enferma, y presintiendo una muerte próxima animaba a los obreros para ver finalizada la obra antes de fallecer.

Al cabo de dos años, la reina murió por fin y su pueblo quiso hacerla compartir con su marido aquella suntuosa tumba, repleta de los tesoros con que el pueblo de Caria quiso mostrar su gratitud hacia ellos. Sobre una superficie de 33 por 39 metros, la tumba levantaba unos cincuenta metros de altura. Un muro partía de cinco escalones y llegaba hasta media altura para formar un podio. Sobre esta base se situaban 117 columnas jónicas ordenadas en dos líneas de nueve frente al Opistodomos, y en dos hileras de veintiuna a cada lado.

La columnata sostenía a su vez una pirámide escalonada y en lo más alto una gigantesca cuádriga. Se encargó a Briaxis, Timoteo, Leucastes y Escopas, los mejores escultores griegos de la época, la realización de las estatuas y relieves. Dieciséis años después, el mismo Alejandro Magno que ordenara reconstruir el templo de Artemisa, conquista la ciudad y destruye el Mausoleo. Los Caballeros de San Juan, en el siglo XIV utilizaron sus materiales para el castillo de San Pedro de Halicarnaso, que hoy se llama Bodrum. Y lo hicieron con tanto detenimiento que en la actualidad apenas se distingue la forma en la roca donde se asentó.



EL FARO DE ALEJANDR虯

Alejandría

El arquitecto Sóstrases de Cnido recibió en el 279 a.C. un encargo del rey Ptolomeo Filadelfo para construir una torre en la isla de Faros, frente a Alejandría. Su finalidad sería servir de guía para los navegantes hacia la entrada del puerto más importante de la época.

Grandes bloques de vidrio fueron utilizados como cimientos intentando aumentar la solidez y resistencia contra la fuerza del mar. Bloques de mármol unidos con plomo fundido constituyeron el resto del edificio, de forma octogonal sobre una plataforma de base cuadrada, hasta alcanzar una altura de 134 metros. Sobre la parte más alta se colocó un gran espejo metálico para que su luz no se confundiera con las estrellas. Durante el día reflejaba la luz del sol, y por la noche proyectaba la del fuego a una distancia de hasta cincuenta kilómetros.

Un terremoto lo derribó en el siglo XIV, y ochocientos años después de su construcción, el califa Al Walid pasó a la historia tanto por su codicia como por su ingenuidad, al hacer derribar los restos del faro con la esperanza de encontrar bajo sus cimientos un inmenso tesoro escondido.


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